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sábado, 13 de junio de 2026

Gran corrida de San Bernabé, Marbella, Málaga, capítulo para la historia.

 



La Plaza de Toros de Marbella, Málaga, vivió una jornada inolvidable el 13 de junio de 2026, con el coso completamente lleno y un ambiente vibrante que se respiraba en cada rincón. La expectación era máxima y los aficionados no salieron decepcionados. David de Miranda y Alejandro Talavante abrieron la Puerta Grande, demostrando su maestría y pasión por el arte del toreo, mientras que Morante brilló con un toreo de gran clase que dejó huella en los tendidos.



Morante protagonizó una actuación destacada toreando principalmente por el pitón derecho, mostrando una profundidad y un mando sobresalientes. Sus circulares fueron soberbias, causando un gran eco entre el público


entregado. Aunque su labor fue de gran altura y calidad, un pinchazo previo a la estocada le privó de poder pasear las dos orejas y acceder a la Puerta Grande. Sin embargo, su entrega y clase dejaron claro que fue uno de los grandes protagonistas de la tarde.

Alejandro Talavante, el torero extremeño, llegó inspirado y desde el inicio mostró su gran capacidad para improvisar y mantener la emoción en la plaza. Su toreo fue una muestra de torería pura, ligando muletazos con ambos pitones en sus dos faenas, las


cuales serán recordadas como memorables. Su acierto con los aceros redondeó una actuación de gran dimensión que el público supo valorar y aplaudir con entusiasmo.



David de Miranda llegó con la clara intención de triunfar y no defraudó. Con una mezcla de quietud, valor y mando, logró poner al público en pie varias veces, especialmente cuando dio muestra de su entrega pisando terrenos de cercanías con gran valor. Un ramillete de bernadinas


en su primer toro despertó voces que pedían el indulto, y su faena culminó con la concesión de dos orejas de ley. Con la Puerta Grande ya asegurada, David de Miranda confirmó su gran momento y dejó claro que esta tarde sería recordada como una de las más importantes de su carrera.

En resumen, la tarde del 13 de junio en Marbella fue un auténtico espectáculo taurino, donde la técnica, el valor y la torería se encontraron para regalar a los aficionados una jornada llena de emociones fuertes y arte en estado puro. La Plaza de Toros rebosó alegría y respeto por la tradición, cerrando con llave de oro una cita para el recuerdo.


Ficha del festejo;

Plaza de toros de Marbella, Málaga.

Feria de San Bernabé 2026. 

Lleno de ‘No hay billetes’. 

Toros de El Freixo.


MORANTE DE LA PUEBLA, de azul noche y oro: palmas y oreja.

ALEJANDRO TALAVANTE, de blanco y plata: oreja y dos orejas.

DAVID DE MIRANDA, de rosa y oro: dos orejas y dos orejas.

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Gracias, toroperu com.




lunes, 25 de mayo de 2026

Sebastián Castella sigue escribiendo una historia en la historia en el Coliseo de Nimes.

 


Sebastián Castella sigue escribiendo una página imborrable en la historia en el Coliseo de Nimes.

Sebastián Castella alcanza la histórica cifra de 100 orejas en Nimes, y con 29 salidas a hombros en el Coliseo


En el mundo del toreo, alcanzar hitos tan significativos como los que ha logrado Sebastián Castella en la plaza de Nimes es un verdadero testimonio de talento, entrega y conexión profunda con el público. Este torero de Béziers ha dejado una huella imborrable en el Coliseo romano francés, acumulando nada menos que 100 orejas cortadas y 29 salidas a hombros, un récord vertiginoso que confirma su estatus como profeta en su tierra.



Nimes no es simplemente una plaza más en la trayectoria de Castella; es el escenario donde cada triunfo adquiere un significado especial, donde cada ovación y cada mirada se viven con una intensidad única. En 57 corridas lidiadas en este emblemático anfiteatro, Sebastián ha conquistado 18 Puertas de los Cónsules, un dato que refleja no solo su capacidad técnica, sino también la comunión que establece con los aficionados franceses. Su dominio en Nîmes trasciende la estadística: es una historia de amor entre el torero y una ciudad que lo ha encumbrado hasta convertirlo en una leyenda viva.


La cifra de 100 orejas cortadas en Nimes no es fruto del azar. Es el resultado de años de dedicación, disciplina y una constante renovación artística que mantiene vigente a Castella entre las grandes figuras del toreo contemporáneo. En cada pase, en cada tanda, demuestra una maestría que mezcla el respeto por la tradición con la búsqueda personal de la belleza y el valor. La monumentalidad de sus faenas en el Coliseo no solo emociona, también inspira a nuevas generaciones que ven en él un ejemplo a seguir.



Además de su destreza en el ruedo, la relación de Sebastián Castella con Nimes evidencia el profundo valor simbólico que una plaza puede tener para un torero. Aquí, no es solo la competencia, sino la comunión con un público exigente y apasionado que reconoce y celebra el arte y el coraje. Esta conexión especial engrandece cada triunfo y legitima cada salida a hombros como un homenaje sincero a su entrega y talento.


Sebastián Castella continúa, pues, consolidando su legado de manera imparable, reafirmando que es mucho más que un torero exitoso: es un referente cultural que trasciende fronteras. Su historia en Nîmes es un recordatorio potente de que el toreo no es solo un deporte ni un espectáculo, sino una ceremonia de emociones, voluntad y arte que se renueva con cada pase dado bajo el sol francés.



El camino de Sebastián Castella en Nîmes es un claro ejemplo de que, cuando la pasión se une al arte, el resultado es eterno. Hoy, con 100 orejas y 29 salidas a hombros en su haber, el maestro de Béziers se yergue como profeta en su tierra, símbolo de excelencia, perseverancia y gloria taurina. La plaza de Nimes no solo lo honra, sino que también lo espera con ansias para seguir narrando juntos capítulos memorables en la historia del toreo.


Castella no solo triunfó en Nîmes, sino también del corazón de una afición que hoy lo celebra como lo que es: un héroe del silencio y del toreo.


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Gracias, Toroperu com.



domingo, 1 de febrero de 2026

La Plaza de Toros de Pueblo Nuevo: Un Triunfo para la Historia

 


La Plaza de Toros de Pueblo Nuevo, situada en San Cristóbal, Venezuela, vivió una noche inolvidable que quedó grabada en la memoria colectiva de los aficionados. Con un aforo completo de entusiastas, el ambiente se tornó electrizante al presenciar un cartel que culminó con la entrega de nueve orejas. La estrella de la velada fue, sin duda, Jesús Enrique Colombo, quien cuajó una faena de gran calado, deslumbrando a todos con su maestría y valentía.



El clímax llegó cuando el público, al unísono, pidió el indulto de un bravo ejemplar. La autoridad, en una decisión justa, accedió a este clamor popular, permitiendo que el toro regresara al campo para perpetuar su bravura, un hecho que subraya el respeto por la tradición taurina.



La emoción continuó durante la gala celebrada en el centenario Club Demócrata, donde la Comisión Taurina del Municipio San Cristóbal anunció oficialmente a los galardonados tras la 61° Feria Internacional de San Sebastián. Colombo no solo se alzó como el Triunfador de la Feria, sino que además recibió el premio a la Mejor Estocada, consolidando su estatus como uno de los grandes del toreo. Sin lugar a dudas, una noche que celebró la grandeza del arte taurino y el talento excepcional de un verdadero triunfador.


Ficha del festejo;

San Cristóbal (Venezuela). 

Plaza de toros de Pueblo Nuevo. 

Última de la Feria de San Sebastián. 

Lleno no hay billete. 

Toros de San Antonio. 

David Fandila "El Fandi" (Fresa y oro), dos orejas y oreja.

Manuel Escribano (Verde turquesa y oro), dos oreja y silencio.

Jesús Enrique Colombo (Sangre de toro y oro), dos orejas y dos orejas simbólicas tras indulto

Mejor Faena: David de Miranda, por su labor ante el toro ‘Río Tinto’, No. 7, de la ganadería Los Aránguez.

​Mejor Ganadería: Hermanos Molina Colmenares.

Mejor Toro: «Guerrero», número 60, de la ganadería San Antonio.

​Mejor Vara: Carlos Alzate.

Mejor Banderillero: Gerson Guerrero.

Mejor Subalterno en la Brega: Juan José Girón.

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martes, 23 de septiembre de 2025

Curro Diaz encuentro con la aficion de Linares

 


Curro Díaz, el diestro de Linares, es un caso extraño en la tauromaquia moderna, de marcada personalidad y desconocido para muchos públicos, torero de finas maneras, protagonista de una larga carrera de 27 años como matador de toros que ha salido dos veces por la Puerta Grande de Las Ventas.

La biografía de Vega revela que Curro Díaz nació en la habitación donde murió Manolete; es una curiosa anécdota en relación que une para siempre a Curro Díaz con Manuel Rodríguez Manolete.


En este video se puede apreciar el fondo de entrega a un astado que en las primeras series se movió sobre las manos con mucha codicia, dificultando el toreo de trazo curvo. Buscando la media distancia, lo mejor llegó de mitad hacia delante en el toreo al natural de mano larga. Varios muletazos retumbaron en el coso dentro de una faena de sabor y temple que siempre fue bien acogida por el público. Tras la estocada, cortó las dos orejas después de haber cortado una oreja de su primer toro.


El maestro Curro Díaz estará en solitario con seis ganaderías: Victorino Martín, Fuente Ymbro, Torrealta, Daniel Ruiz, El Freixo y Sancho Dávila, en la Feria de San Miguel 28 de septiembre 2025 de Úbeda.
Las entradas y abonos para la feria ya están disponibles en www.bacantix.com. 

VDO Curro Díaz tres orejas, Feria en Linares (Jaén) 28 agosto 2025 1.ª de Feria en Linares.
Curro Díaz, Oreja y dos orejas.






martes, 28 de mayo de 2024

La Turomaquia en el Peru y su gran historia, Acho con mas de 250 años

 




HISTORIA DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL PERU

Hay que reconocer que las corridas de toros no es una tradición heredada del antiguo Imperio de los Incas, porque éstas se remontan desde los primeros años de la llegada de los conquistadores españoles a América, y por supuesto el ganado bovino fue traído por los colonos tras su llegada al Perú, éste ganado sirvió primero para alimentación de la población hispana y luego cuando se expandió por los campos se pudo seleccionar el ganado bravo. El escritor peruano Ricardo Palma en su libro “Tradiciones Peruanas” manifiesta que la primera corrida lidiada en Lima fue en 1538 en celebridad de la derrota de los Almagristas, de lo cual no hay una fuente de datos fidedigna, y la otra en cambio es que la primera corrida se dio el lunes 29 de marzo de 1540 por la consagración de óleos, de la cual también se da cuenta en libros narrativos e históricos del clero.

Los conquistadores españoles Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque pisaron por primera vez tierra del vastísimo imperio, desembarcando efectuado en el norte del Perú a principios de 1532. Aprovechó Francisco Pizarro para sus fines de conquista, la lucha que sostenían los dos soberanos Huáscar y Atahualpa, hijos y herederos ambos del fallecido Inca Huayna Cápac. Muertos los dos reyes Incas avanzó Pizarro hacia la capital del Imperio Incaico en el Cuzco, consolidando poco después la conquista española.


Desde el primer momento surgieron desavenencias entre los capitanes españoles Pizarro, Almagro, Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, y Francisco de Carvajal. Duró este sombrío período de conquista hasta que poco a poco, y por unas causas u otras fueron muriendo los protagonistas del drama. En circunstancias tan adversas era normal que la fiesta española no enraizara como sucedió, ya que todo lo hicieron por el avasallamiento. Existieron muchas corridas de toros y de todo ello dio fe el escritor Inca Garcilaso de la Vega en sus crónicas de la famosa obra “Los Comentarios Reales”. Las corridas de toros debieron ser mínimas en los primeros años, pero después con el desarrollo ganadero fueron incrementándose.




Las constantes guerras entre los conquistadores concluyeron en el año del 1556, con la llegada del tercer Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, de quien se dice que fue un hombre prudente pero enérgico a la vez, por lo que pronto consiguió pacificar el virreinato condenando a unos, enviando a otros a España, en algunos casos embarcó en la dudosa aventura a “El Dorado” a los más ambiciosos. Era “El Dorado” el nombre que se le daba por aquellos años a una región en la Amazonía del Virreinato, la misma que cautivaba a ambiciosos que anhelaban riquezas, o aquellos revoltosos e inquietos españoles que restaban unidad a la corona española. El virrey Hurtado de Mendoza consignó estos hechos y fue fundamental para el establecimiento definitivo de las fiestas con corridas de los toros. El citado virrey escribió lo siguiente: “Los derechos que el Alguacil Mayor de esta ciudad había de llevar por la ocupación y trabajo las tendrá cuando se corran toros ..... y suplicamos ahora a Su Excelencia que de los toros que en esta ciudad corriesen en las fiestas ........ que el primer toro que se corriera de cada una de las dichas fiestas, sea y se dé al Alguacil Mayor de esta ciudad, atento a que él y sus alguaciles se ocupen mucho en el hacer y deshacer y guardar las talanqueras ......”, este texto figura en el libro “Historia Taurina del Perú” de José Emilio Calmell, publicado a mediados del siglo pasado. El Convictorio de San Carlos y la Facultad de San Fernando, actualmente esta facultad pertenece a la prestigiosa Universidad Nacional Mayor de San Marcos, obligaba en aquella época a que sus alumnos que se doctoraban (ósea obtenían la graduación profesional), tenían que costear una corrida de toros como agradecimiento a la corona española por su educación. Así se expresaba en su constitución: “Y más ha de ser obligado el que se doctorase a dar toros que se corran aquel día del grado en la plaza pública de esta ciudad”.

En la Plaza mayor de Lima el 27 de julio de 1622 se dio una corrida de toros para agasajar al nuevo virrey don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar. Y en septiembre del mismo año volvieron a correrse toros: “Se hicieron fiestas reales de toros y cañas, y se convidó al Virrey, Audiencia y Universidad para que las viesen en las casas de Cabildo, cuyas galerías estuvieron ricamente colgadas y se dio colación a todos sus concurrentes y sus mujeres. Salieron a caballo muchos caballeros ricamente vestidos a lo cortesano, con rejones en mano y llevando pajes de librea... En las ventanas, balcones, terrados y tablados de la plaza había gran concurso de gente y se jugaron veinte toros; los caballeros hicieron algunos lances y mostraron su bizarría”. En la época del mandato del Virrey Marqués de Guadalcázar se celebraban las fiestas más suntuosas que acaso se celebraron en Lima hasta entonces. Fue el motivo el regocijo por el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos. La organización corrió a cargo de los gremios de la ciudad (confiteros, pulperos, sastres, zapateros, orfebres, herreros y comerciantes), que procuraron excederse en el rumbo y el acierto, pues a cada uno se le asignó un día de los siete que duraron las corridas. Comenzaron los confiteros y siguieron los pulperos, los sastres, los zapateros, los plateros, los herreros y los mercaderes. Por cierto, que en ellas tomó parte, y muy brillante, el tratadista taurino don Juan de Valencia que a la sazón se encontraba en el Perú, dejó bien sentado la cátedra de tauromaquia que practicaba con destreza, lo mismo que escribía en sus preceptos y ordenanzas. Su mayor éxito lo obtuvo en la última corrida, es decir, la de los mercaderes, en la que se hartó de hacer buenas suertes con los toros.


Será el nombre de Juan de Valencia quien seguramente inicie la historia taurina del Perú, porque debemos considerarle como el primer torero famoso que viajó del Perú a España, pues en las fiestas taurinas de la Corte éste diestro acreditó su competencia, siendo de los más famosos rejoneadores entre los nacidos entonces. Juan de Valencia había nacido en Lima en 1605 y pertenecía a una ilustre familia zamorana que presumía de linaje real, como descendientes del famoso infante don Juan Manuel. Razón por la que le llamarón “Juan de Valencia el del infante”. Nació el año de 1605, mismo año en el que nació Felipe IV quien fue autor de las “Reglas para torear y para poderlo errar”, pues don Juan como tantos autores de reglas de torear, unía la preceptiva a la práctica del rejoneo, toreó en la ‘Puerta del Sol’ en Madrid el miércoles 2 de octubre de 1641 con motivo de la Traslación de la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. Escribió en su obra firmada en Madrid el 26 de octubre de 1639, habitar en la Villa y Corte a partir de los catorce años de edad.

Es imposible hablar de cuantas fiestas de toros se verificaron en la ciudad de Lima durante el virreinato. Sólo nos referiremos a las más importantes o a las que, desde el punto de vista taurómaco, hayan tenido alguna significación.
Durante los años 1659 y 1660 se realizaron diez “Corridas Reales”, que fueron corridas de toros por el nacimiento del príncipe Felipe, hijo del Rey Felipe IV. Como en España esas fiestas resultaban animadas y variadas, el virrey Conde de Alba de Liste, jugaba cañas; interviniendo caballeros rejoneadores; hubieron alcancías, fuegos, luminarias, pilas de vino, toros con artificio de fuego por la noche; lucha de moros y cristianos; lanzadas, volatín en una maroma; moharras, toro ensillado, máscara ridícula y figuras alusivas a diversos temas. En la última corrida con motivo del alumbramiento real, se echó un toro para los indios, montaron éstos en la plaza un castillo, al que rindieron tras un simulacro de lucha, y por último salieron dos indios a garrochar a los toros.
En años posteriores se verificaron corridas de toros: el 15 de noviembre de 1667, con ocasión de la llegada del Virrey Conde de Lemos, al puerto del Callao, celebrándose una corrida en esta ciudad porteña el 24 de julio de 1668. Después otra en Lima por el nacimiento de un hijo de éste Virrey en la que se corrieron toros ensogados. El mismo virrey Conde de Lemos escribió la relación a las fiestas celebradas en la llamada Ciudad de los Reyes, que con ocasión de haber sido beatificada Rosa de Lima, ésta fue una de las siete corridas de toros que se dieron por aquellos años.

No todos los virreyes fueron amantes de las corridas. Tal fue el caso del Conde de Chinchón que en determinado momento trató de impedir la celebración de las corridas de toros, lo que dio lugar a que durante el virreinato del Marqués de Mancera, Su Majestad el Rey Felipe IV dictara una Real Cédula a favor de la celebración de las corridas de toros.

Por varios años las fiestas de toros se verificaron en la Plaza Mayor de Lima, cerrándose con
talanqueras, tablados y barreras, en todo el contorno interior de dicha plaza, con lo que quedaban tapadas las ocho calles que de ella partían. Durante el gobierno del cuarto Virrey (1561-1564), don Diego López de Zúñiga, Conde de Nieva, se construyeron los arcos de esta plaza y se determinó que fueran anualmente cuatro las principales fiestas de toros, autorizando un gasto en colación de ciento cincuenta pesos para cada una de ellas. Habían de darse las corridas en: Pascua de Reyes, San Juan, Apóstol Santiago y Nuestra Señora de la Ascensión. Además, solían celebrarse corridas a la llegada de nuevo virrey, juramentación u conmemoración de monarcas, canonizaciones y con otros pretextos. Para las corridas de menos importancia o menos suntuosas, se habilitaban plazas o plazuelas que no eran la Mayor (o llamada la de Armas), entre las que figuraban: plazoleta de Santa Ana, plaza de la Inquisición, plazoleta del Cercado, plazuela de Cocharcas, plazoleta de Santo Domingo, etc.

Las fiestas de toros no entusiasmaban solamente en el Perú a los españoles, si no que al parecer, también los esclavos negros e indios dominados, gustaban de esta corridas, inicialmente como pasivos espectadores, y luego también como activos toreadores. En un concilio provincial, los prelados pidieron “que no se corran toros entre indios, ni por semejante ocasión les hagan poner las talanqueras sin pagarles, y haciéndoles perder la misa en día de fiesta ...”, según se describe en uno de los libros del cabildo de esa época que se guarda celosamente en la biblioteca de la Municipalidad de Lima.

En todo el siglo XVII son numerosísimas las fiestas de toros, pues la pasión no había disminuido, abundando mucho más los datos históricos. Fue en 1602 los dominicos organizan en la plazoleta de Santo Domingo una suntuosa corrida como término de los festejos con motivo de la canonización de San Raimundo de Peñafort. En ella tomaron parte muchos caballeros de la aristocracia limeña. El 8 de enero de 1670 hubo corrida de toros y cañas en Lima. El 27 del mismo mes cuatro caballeros clavaron rejones: don Luis de Sandoval dio un rejonazo, sacando malherido el caballo; don Manuel de Andrade puso dos rejones, despedazando al toro; don Diego Manrique atravesó el cuello del toro con un rejón, y don Cristóbal de Llanos mató tres astados, por lo que fue vitoreados.

El 13 de febrero de 1672 se corren toros ensogados; el 11 y 13 de agosto de 1674 se celebraron corridas en el puerto del Callao a la llegada del Virrey don Baltasar de la Cueva; el 6 de noviembre del mismo año, en celebración del cumpleaños de Carlos II, se organiza una corrida de toros en la Plaza Mayor de Lima. En 1682 el Virrey Duque de la Palata prohíbe “llevar toros a las cercas y plazuelas de los conventos de religiosas para correrlos”. El día 8 de diciembre de 1963 don Melchor Portocarrero, Conde de la Monclova y vigésimo tercer virrey del Perú, organiza una gran corrida en la Plaza Mayor de Lima para celebrar la reedificación del Cabildo, del Palacio y de los Portales de dicha Plaza Mayor, destruidos por el terremoto de 1687.


Ya con la llega del nuevo siglo la fiesta de toros en el Perú comenzó a tener un aspecto más formal, evolucionando hacia el predominio del torero de a pie, pues actuaron con mayor regularidad toreros profesionales, se dio comienzo a la edición de listines de los toros que saldrán en cada corrida, y los capeadores de a caballo, un modo de torear peculiar de éste lado del Reino de España, trabajaron en casi todas las funciones, sin olvidar a los rejoneadores profesionales que también figuran.

En octubre de 1701 se verificaron en Lima fastuosas fiestas de toros para celebrar la proclamación de Felipe V, en la primera de ellas aparece el primer listín o lista de los toros, antecedente del cartel, en el que se consignan los nombres de los astados, las pintas de éstos y las ganaderías de las cuales procedían, como ejemplo: “El Gallardete, overo, de Huando; El Invencible, retinto, de Bujama; y otros...”. Por el nacimiento del Príncipe de Asturias Luis Felipe, después Luis I, hubo en Lima Fiestas Reales con corridas de toros. Con motivo de sus bodas también se celebraron varias corridas: “la primera el 12 de abril, la segunda el 13, la tercera el 17 de abril, la cuarta el 19 de abril, la quinta el 21 de abril, de igual mes del año de gracia de 1723”. Y aún cuando en la relación titulada “Júbilos de Lima”, de Peralta y Barnuevo, las crónicas de ese entonces no aclaran demasiado, pareciera ser que hubieron más corridas de toros de esas cinco a las que se ha aludido. Y al año siguiente, también se corrieron toros por haber jurado don Luis como heredero de la Corona de España. Por aquellos años se festejaron con corridas dos canonizaciones: la de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo el 10 de diciembre de 1726 y la de San Francisco Solano el 27 de diciembre de 1726.

El 29 de julio de 1737 se jugaron veintidós toros en el pueblo de Surco (actualmente distrito de Lima Metropolitana). Al concluir el primer tercio del siglo XVIII eran abundantes los toreros que ejercían en el Perú esta profesión, actuando principalmente en corridas ordinarias y hasta en los pueblos más pequeños, aún cuando en las listas de toros, donde ya figuraban por esa época las divisas de las ganaderías, no aparecen, sin embargo los nombres de aquellos lidiadores empiezan a parecer en los listines taurinos. En el año de 1756 se levantó en Lima la primera plaza de toros, pero su construcción fue de madera, los productos de las corridas en ella verificadas estaban destinados a la reconstrucción del Hospital de San Lázaro destruido por el terremoto de 1746, plaza que había de ser también la primera en América hecha ex profesamente.

En la Plaza Mayor de Lima, y en 1760, se celebra una real fiesta de toros para festejar la elevación al trono de Carlos III. Dos años después en igual escenario, se organizan cuatro corridas como agasajo al nuevo Virrey don Manuel de Amat y Juniet quien fuera amante de la famosa Micaela Villegas “Miquita” ó más conocida como “La Perricholi”, de quien del virrey se enamoró perdidamente.
Durante el mandato de este virrey se construyó la plaza firme de Lima, estrenada aún sin concluir el 30 de enero de 1766. No por ello dejaron de jugarse toros en la Plaza Mayor, especialmente cuando se trataba de fiestas reales, y en diversas plazuelas, hasta en el teatro. Los limeños se sentaban en la plaza a las diez de la mañana para presenciar el encierro y no se levantaban hasta verlos lidiados, por la tarde, los veinte toros de que solía constar las corridas de aquella época, como en Sevilla, Valencia, Madrid o en cualquier ciudad española. En la temporada de 1780 ya figuraban en la Plaza de Toros de Lima o “Plaza de Acho” los nombres de los lidiadores siguientes:

Matadores: Manuel Romero, El Jerezano, y Antonio López, de Medina Sidonia.
Picadores y Rejoneadores: José Padilla, Faustino Estacio, José Ramón y Prudencio Rosales.
Capeadores de a caballo: José Lagos, Toribio Mújica, Alejo Pacheco y Bernardino Landaburu.

Tres suertes al menos eran privativas del toreo peruano del siglo XVIII, éstas eran: la suerte del puñal, la monta de toros al pelo y/o ensillados; y el capeo desde el caballo.

Por la exaltación al trono de Carlos IV se celebraron corridas de toros en la Plaza Mayor de Lima,

como capital del Virreinato del Perú, y durante el año de 1790, varias corridas reales. En ellas intervinieron rejoneadores profesionales, capeadores, doce toreros de a pie (cuyos nombres no se consignan en el listín), dos desjarretadores. Las últimas corridas del siglo XVIII fueron: cinco fiestas reales en 1791 para agasajar al Virrey Fray Francisco Gil de Taboada, en la Plaza Mayor de Lima, con rejoneadores, capeadores y doce toreadores divididos en dos cuadrillas: una de las cuadrillas fue la de Miguel Utrilla y la otra la del peruano José Pizi. Las temporadas de 1792 a 1795 se desarrollaron normalmente en la Plaza de Acho. Al siguiente año de 1796 hubo cinco corridas reales en la Plaza Mayor de Lima para recibir al nuevo Virrey Marqués de Osorno, en las que intervinieron capeadores de a caballo, rejoneadores y matadores, banderilleros y picadores europeos, y doce toreadores del país, cuyos nombres no figuran en el cartel.
Tres corridas extraordinarias más fueron las que presenciaron los limeños en su Plaza Mayor (o también llamada Plaza de Armas) el año de 1797, organizadas para reunir recursos con que terminar las torres de la catedral. Ese mismo año la temporada continuó normalmente en la Plaza de Acho, donde desde algunos años atrás se acostumbraba echar un toro para ser lidiado por aficionados bisoños, algunos de los cuales se harían toreros profesionales.

El siglo XIX comenzó en la Plaza de Acho con la consabida temporada de diciembre a enero (1800 - 1801). Figuraron como toreros cuatro capeadores de a caballo, dos rejoneadores, dos banderilleros europeos, tres matadores con espada, cinco matadores con puñal y banderilleros, dos capeadores de a pie y dos desjarretadores, innominados. Siguen figurando en los programas la lanzada, parlampanes (individuos mojigangeros), perros; además el nombre, procedencia, pinta y divisa de los toros, más un astado para muchachos noveles. Las sucesivas temporadas en la Plaza de Acho se desarrollaron normalmente a lo largo de diciembre de 1806 y organizadas por el ayuntamiento limeño, efectuándose cinco corridas de toros en la Plaza Mayor de Lima para festejar el recibimiento del Virrey don José Fernando de Abascal. Cuatro corridas más, todas ellas extraordinarias, se verificaron en enero de 1807, y dos corridas extraordinarias también, los días 3 y 9 de febrero siendo estas las últimas que se efectuarían en la Plaza Mayor de Lima. En adelante se celebraron únicamente en la plaza firme de Lima (Plaza de Acho), por cierto con muy buenos rendimientos para sufragar a las necesidades económicas que las luchas por la emancipación exigían.

Proclamada la Independencia del Perú el 28 de julio de 1821 continuaron las corridas, aunque con toreros del país y algunos toreros mexicanos, haciéndose una sola excepción con el diestro gaditano Vicente Tirado, que durante el virreinato ya contaba con muchas simpatías, y que siguió actuando hasta 1836 en que fallece. Con la Independencia del Perú no quedó torero español alguno en el país, excepto Vicente Tirado. Como consecuencia de tal acontecimiento, las suertes de pica y banderillas desaparecieron temporalmente, quedando para quebrantar a los toros el capeo a caballo, tradicional modo del toreo nacional, ejecutándose la llamada “Suerte Nacional”.
El 7 de enero de 1849 se presentó en Lima la primera cuadrilla de toreros españoles. Con esta cuadrilla resucitó en el Perú las suertes de pica y banderillas. Y a partir de ese año ya se hace más frecuente la visita de toreros hispanos. El primer matador de cierto relieve que pisa el albero de la Plaza de Toros de Acho es Gaspar Díaz “Lavi”, diestro español. Se presentó el 16 de noviembre de 1851. Y en 1856 se estrenó en Lima José Lara “Chicorro” quien actúo hasta el año de 1885. Como matador efectúo su presentación en Lima en 1859, el nacional Ángel Valdez “El Maestro”. Este valeroso diestro ejercía la profesión con el aplauso y la admiración de todos hasta el 19 de septiembre de 1909.

En 1869 se presentaron en Lima los diestros españoles Vicente García “Villaverde” y Francisco Sánchez “Frascuelo”; en 1870, Manuel Hermosilla y Francisco Díaz “Paco de Oro”. Ese mismo año se hizo empresario de la Plaza de Acho el acaudalado limeño don Manuel Miranda. Llevando a cabo en ella una profunda reforma. Mientras las obras se efectuaban, viajó a España para contratar toreros y adquirir toros. En efecto compró seis toros y doce vacas de Veragua, seis astados de Miura, seis de Colmenar, doce de Mazpule y seis de Navarra. Como tenía el propósito de fundar una ganadería brava, adquiere la finca de Cieneguilla, en el valle de Pachacámac. Traslada a ella un semental y más de cien vacas compradas a la acreditada ganadería del país “Rinconada de Mala” y otras hembras de diferentes ganaderos peruanos. Este ganado desapareció años después en la guerra sostenida entre Perú y Chile.
En el transcurso del siglo XIX las corridas sufrían una seria transformación hasta ejecutarse totalmente como en España, pues desaparecen los “capeadores de a caballo”, imponiéndose los picadores. Decir que casi todos los toreros españoles han toreado en Lima parece una exageración; sin embargo, no lo es. Desde 1871 han toreado en la Plaza de Acho entre otros famoso: Julián Casas “El Salamanquino”, Gonzalo Mora, Cúchares de Córdoba, Gerardo Caballero, Ángel Fernández “Valdemoro”, José Ponce, Ángel Pastor, Cacheta, Rebujina, José Machío, Cayetano Leal “Pepe-Hillo”; en 1891 torearon “Cuatro Dedos”, que gusta muchísimo por la maestría con que ejecuta las suertes. Al año siguiente regresó “Cuatro Dedos” al Perú llevando consigo cuatro sementales de Miura, dos de los cuales consiguió vender a los ganaderos don Vasco Fernández y a don Federico Calmet. Hasta la conclusión del siglo pisan todavía el ruedo de la Plaza de Acho algunos banderilleros y espadas españoles. Entre estos últimos: Manuel Nieto “Gorete”, José Villegas “Potoco”, José Pascual “Valenciano”, Juan Antonio Cervera, Francisco González “Faíco” y Antonio Escobar “El Boto”.

En 1901 se presentaron en Lima los diestros Francisco Bonal “Bonarillo” y “Capita”, ese mismo año llega nuevamente de España el picador “Faíco” con cuatro sementales españoles, que adquieren ganaderos peruanos. El 22 de febrero de 1902 torea Ángel Valdez “El Maestro” su penúltima corrida, pues por enfermedad no vuelve a lidiar hasta 1909, en que se retira. En la cuadrilla de Manuel Molina “Algabeño Chico” hizo su presentación en Lima un 13 de abril de 1902 el famoso piquero madrileño Manuel Martínez “Agujetas”, a quien se debe definitivamente la implantación en el Perú de la suerte de varas. Más presentaciones como las de Antonio Olmedo “Valentín” y Ángel García “Padilla”. En el año de 1903 se presentó Juan Sal “Saleri”, en 1904 “Guerrerito”, en 1905 Vicente Pastor, en 1906 “Lagartijillo”, José Machío Trigo, “Lagartijillo Chico”, en 1907 “Cocherito de Bilbao”, y en 1909 “Platerito”. Es necesario destacar que el domingo 19 de septiembre de 1909 se despidió en Lima, el matador peruano Ángel Valdez “El Maestro” matando de una magnífica estocada un toro de seis años que no había sido picado. Contaba a la sazón setenta años de edad, no andaba muy bien de salud y cumplía cincuenta años como lidiador. Falleció el 24 de diciembre de 1911.
Los diestros que por sus actuaciones destacaron en los años siguientes fueron: Agustín García “Malla”, Rodolfo Gaona, José Ignacio Sánchez, José Gárate “Limeño”, José Gómez Ortega “Gallito” o “Joselito” y Juan Belmonte. En 1918 se jugaron por primera vez toros del cruce español de Veragua con vacas de “El Olivar”, de propiedad de don Manuel Celso Vásquez. En la temporada de 1919 –1920 toreó el diestro José Gómez Ortega “Joselito” ó “Gallito” en varias tardes. También actúo en Acho “Chicuelo” en la temporada de 1921 – 1922. Sin embargo fue Rafael Gómez “El Gallo” quien obtuvo grandeséxitos de clamor. Marcial Lalanda (1927 – 1928) demostró cuanto valía; Antonio Cañero quedó muy bien a caballo y a pie (1929 – 1930); el venezolano Julio Mendoza toreó entre grandes aplausos en el año de 1934, el rondeño El Niño de la Palma también gustó allá por la temporada de 1934 – 1935.

En el año de 1944 un grupo de aficionados limeños entre los que destacan Fernando Graña Elizalde, Alejandro Graña Garland, José Antonio Roca Rey deciden tomar en arriendo la Plaza de Acho a través de la Sociedad Explotadora de Acho por 20 años, con la condición puntual de remodelar la Plaza de Toros de Lima (Plaza de Acho) aumentando su capacidad de seis mil setecientos a trece mil trescientos. Se hicieron excavaciones para ahondar el ruedo y elevar la plaza con la finalidad de dotarla de mayor capacidad. Fue en el año de 1946 que gracias a la campaña periodística del crítico taurino del diario “El Comercio” de nombre Fausto Gastañeta “Que se vaya” y también la gestión continuada de su sucesor, el también crítico taurino Manuel Solari Swayne “Zeñó Manué”, se crea la importante Feria del Señor de los Milagros, que hasta la fecha existe, y que desde entonces han pasado por Lima, las principales figuras de la coletería mundial, así como también las más prestigiosas ganaderías del planeta taurino. Dando por descontado el éxito de los torero peruanos y del ganado nacional.
Fuente; Dikey Fernandez


El Huracan de los Andes.mp4 from Jorge Arancivia on Vimeo.


sábado, 16 de marzo de 2024

“Joselito”, el mayor lidiador de la historia.

 





José Gómez Ortega  “Joselito”, el mayor lidiador de la historia.

Hijo, hermano y nieto de toreros, de la famosa dinastía taurina de los Gallo, fue considerado en su época un niño prodigio del toreo.
 Nació en Gelves (Sevilla), el 8 de mayo de 1895. A la edad de 17, tomó la alternativa el 28 de septiembre de 1912, de manos de su hermano Rafael Gómez El “Gallo”.
Descubrió el toreo a los seis años, viendo torear a su hermano Rafael. Es una precocidad fatal que le marcará para siempre.
 A los doce años, las ganaderías más afamadas, y más duras, se lo disputan para los tentaderos: Pablo Romero, Miura...Ahí se asientan los principios de su toreo dominador: Joselito, el mayor lidiador de la historia taurina. Debuta con becerras de Cayetano de la Riva el 19 de abril de 1908. A Madrid llegó en junio de 1912. Y tuvo el soberbio gesto de rechazar los novillos que le tenían preparados para su presentación: por chicos y por falta de trapío. La crítica clamaba al día siguiente: «Ha resucitado Lagartijo». La gloria le llegó a los 17 años, rotundamente, y desde entonces fue ininterrumpida.
Levantaba pasiones en tiempos en que la competencia en las plazas se convertía en encono social, agresivamente social, fuera de ellas entre los bandos enfrentados. A su hermano Rafael lo ponían a los pies de Bombita. Y desde que José se vio torero de alternativa, su obsesión era vengar a Rafael, acabar con Bombita. Una guerra entre bombistas y gallistas que luego trató de trasladarse a un enfrentamiento con Belmonte. Pero pronto se dieron cuenta uno y otro, y sus respectivos bandos, del recíproco enriquecimiento que sus estilos les aportaban.
De las 681 corridas que lidió en su carrera, Joselito toreó en solitario 26, y en la gran mayoría mató el sobrero. Fue el primer torero de la historia en enfrentarse en solitario a un encierro de Miura. Se apuntó a esta legendaria divisa en 43 ocasiones.
Madrid, su plaza.- Con diferencia, Madrid fue la plaza en que Joselito más veces hizo el paseíllo. En concreto, actuó en 81 ocasiones, por encima de las 64 en Barcelona, 58 en Sevilla y 49 en Valencia.
Una familia con sello.- Hijo del torero Fernando Gómez, El Gallo, y la bailaora Gabriela Ortega, Joselito pertenece a una estirpe en la que el toreo y el flamenco están ampliamente representados. Su hermano Rafael, El Gallo, fue y es uno de los toreros más emblemáticos y personales en la historia de la tauromaquia. Su cuñado, Ignacio Sánchez Mejías, casado con su hermana Lola, toreó de banderillero en la cuadrilla de Gallito.
La edad de oro.- Joselito y Juan Belmonte protagonizaron la denominada «edad de oro» del toreo en la segunda década de este siglo. Joselito, que alternó con el Pasmo de Triana en 257 corridas, encabezó el escalafón de matadores seis temporadas consecutivas, entre 1913 y 1918, sobrepasando en 1915, 1916 y 1917 el centenar de festejos.
Datos para la historia.- En su haber, Joselito guarda dos datos para la historia: paseó en 1915 la primera oreja concedida en La Maestranza y, en 1918, el primer rabo que se cortó en Madrid.
La tarde del 16 de mayo de 1920 no figuraba Joselito en la programación de Talavera de la Reina, una plaza de tercera categoría. El cartel original lo integraban Rafael Gómez "El Gallo", Ignacio Sánchez Mejías y Larita. Joselito, enojado por lo que consideraba un trato ingrato por parte de la afición madrileña, había roto su contrato para torear ese mismo día en Madrid. Fue incluido a última hora para el festejo talaverano, en un mano a mano con su cuñado Ignacio Sánchez Mejías, en una corrida apadrinada por su amigo el crítico Gregorio Corrochano. El quinto toro, «Bailador», de la ganadería de la señora viuda de Ortega, pequeño y burriciego (sólo veía de lejos), lo embistió, causándole una cornada en el vientre que le produjo la muerte.
Joselito se encuentra enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla, donde tiene un mausoleo financiado por suscripción popular y realizado por el escultor valenciano Mariano Benlliure.
Todos los 16 de mayo, en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, las cuadrillas hacen el paseíllo desmonterados (con la montera en la mano) y se guarda un respetuoso minuto de silencio en recuerdo a la muerte de Joselito.

Actuó en Lima, Perú, donde sumó una serie de festejos importantes, 10 corridas con triunfos convincentes. Sencillamente, dignos de su jerarquía.




martes, 5 de septiembre de 2023

HISTORIA DE ACHO Y DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL PERU

 



Las Bellas Mujeres de Acho


HISTORIA DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL PERU

Hay que reconocer que las corridas de toros no es una tradición heredada del antiguo Imperio de los Incas, porque éstas se remontan desde los primeros años de la llegada de los conquistadores españoles a América, y por supuesto el ganado bovino fue traído por los colonos tras su llegada al Perú, éste ganado sirvió primero para alimentación de la población hispana y luego cuando se expandió por los campos se pudo seleccionar el ganado bravo. El escritor peruano Ricardo Palma en su libro “Tradiciones Peruanas” manifiesta que la primera corrida lidiada en Lima fue en 1538 en celebridad de la derrota de los Almagristas, de lo cual no hay una fuente de datos fidedigna, y la otra en cambio es que la primera corrida se dio el lunes 29 de marzo de 1540 por la consagración de óleos, de la cual también se da cuenta en libros narrativos e históricos del clero.

Los conquistadores españoles Francisco Pizarro, Diego de Almagro
y Hernando de Luque pisaron por primera vez tierra del vastísimo imperio, desembarcando efectuado en el norte del Perú a principios de 1532. Aprovechó Francisco Pizarro para sus fines de conquista, la lucha que sostenían los dos soberanos Huáscar y Atahualpa, hijos y herederos ambos del fallecido Inca Huayna Cápac. Muertos los dos reyes Incas avanzó Pizarro hacia la capital del Imperio Incaico en el Cuzco, consolidando poco después la conquista española.


Desde el primer momento surgieron desavenencias entre los capitanes españoles Pizarro, Almagro, Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, y Francisco de Carvajal. Duró este sombrío período de conquista hasta que poco a poco, y por unas causas u otras fueron muriendo los protagonistas del drama. En circunstancias tan adversas era normal que la fiesta española no enraizara como sucedió, ya que todo lo hicieron por el avasallamiento. Existieron muchas corridas de toros y de todo ello dio fe el escritor Inca Garcilaso de la Vega en sus crónicas de la famosa obra “Los Comentarios Reales”. Las corridas de toros debieron ser mínimas en los primeros años, pero después con el desarrollo ganadero fueron incrementándose.

Las constantes guerras entre los conquistadores concluyeron en el año del 1556, con la llegada del tercer Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, de quien se dice que fue un hombre prudente pero enérgico a la vez, por lo que pronto consiguió pacificar el virreinato condenando a unos, enviando a otros a España, en algunos casos embarcó en la dudosa aventura a “El Dorado” a los más ambiciosos. Era “El Dorado” el nombre que se le daba por aquellos años a una región en la Amazonía del Virreinato, la misma que cautivaba a ambiciosos que anhelaban riquezas, o aquellos revoltosos e inquietos españoles que restaban unidad a la corona española. El virrey Hurtado de Mendoza consignó estos hechos y fue fundamental para el establecimiento definitivo de las fiestas con corridas de los toros. El citado virrey escribió lo siguiente: “Los derechos que el Alguacil Mayor de esta ciudad había de llevar por la ocupación y trabajo las tendrá cuando se corran toros ..... y suplicamos ahora a Su Excelencia que de los toros que en esta ciudad corriesen en las fiestas ........ que el primer toro que se corriera de cada una de las dichas fiestas, sea y se dé al Alguacil Mayor de esta ciudad, atento a que él y sus alguaciles se ocupen mucho en el hacer y deshacer y guardar las talanqueras ......”, este texto figura en el libro “Historia Taurina del Perú” de José Emilio Calmell, publicado a mediados del siglo pasado. El Convictorio de San Carlos y la Facultad de San Fernando, actualmente esta facultad pertenece a la prestigiosa Universidad Nacional Mayor de San Marcos, obligaba en aquella época a que sus alumnos que se doctoraban (ósea obtenían la graduación profesional), tenían que costear una corrida de toros como agradecimiento a la corona española por su educación. Así se expresaba en su constitución: “Y más ha de ser obligado el que se doctorase a dar toros que se corran aquel día del grado en la plaza pública de esta ciudad”.


En la Plaza mayor de Lima el 27 de julio de 1622 se dio una corrida de toros para agasajar al nuevo virrey don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar. Y en septiembre del mismo año volvieron a correrse toros: “Se hicieron fiestas reales de toros y cañas, y se convidó al Virrey, Audiencia y Universidad para que las viesen en las casas de Cabildo, cuyas galerías estuvieron ricamente colgadas y se dio colación a todos sus concurrentes y sus mujeres. Salieron a caballo muchos caballeros ricamente vestidos a lo cortesano, con rejones en mano y llevando pajes de librea... En las ventanas, balcones, terrados y tablados de la plaza había gran concurso de gente y se jugaron veinte toros; los caballeros hicieron algunos lances y mostraron su bizarría”. En la época del mandato del Virrey Marqués de Guadalcázar se celebraban las fiestas más suntuosas que acaso se celebraron en Lima hasta entonces. Fue el motivo el regocijo por el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos. La organización corrió a cargo de los gremios de la ciudad (confiteros, pulperos, sastres, zapateros, orfebres, herreros y comerciantes), que procuraron excederse en el rumbo y el acierto, pues a cada uno se le asignó un día de los siete que duraron las corridas. Comenzaron los confiteros y siguieron los pulperos, los sastres, los zapateros, los plateros, los herreros y los mercaderes. Por cierto, que en ellas tomó parte, y muy brillante, el tratadista taurino don Juan de Valencia que a la sazón se encontraba en el Perú, dejó bien sentado la cátedra de tauromaquia que practicaba con destreza, lo mismo que escribía en sus preceptos y ordenanzas. Su mayor éxito lo obtuvo en la última corrida, es decir, la de los mercaderes, en la que se hartó de hacer buenas suertes con los toros.

Será el nombre de Juan de Valencia quien seguramente inicie la historia taurina del Perú, porque debemos considerarle como el primer torero famoso que viajó del Perú a España, pues en las fiestas taurinas de la Corte éste diestro acreditó su competencia, siendo de los más famosos rejoneadores entre los nacidos entonces. Juan de Valencia había nacido en Lima en 1605 y pertenecía a una ilustre familia zamorana que presumía de linaje real, como descendientes del famoso infante don Juan Manuel. Razón por la que le llamarón “Juan de Valencia el del infante”. Nació el año de 1605, mismo año en el que nació Felipe IV quien fue autor de las “Reglas para torear y para poderlo errar”, pues don Juan como tantos autores de reglas de torear, unía la preceptiva a la práctica del rejoneo, toreó en la ‘Puerta del Sol’ en Madrid el miércoles 2 de octubre de 1641 con motivo de la Traslación de la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. Escribió en su obra firmada en Madrid el 26 de octubre de 1639, habitar en la Villa y Corte a partir de los catorce años de edad.

Es imposible hablar de cuantas fiestas de toros se verificaron en la ciudad de Lima durante el virreinato. Sólo nos referiremos a las más importantes o a las que, desde el punto de vista taurómaco, hayan tenido alguna significación.

Durante los años 1659 y 1660 se realizaron diez “Corridas Reales”, que fueron corridas de toros por el nacimiento del príncipe Felipe, hijo del Rey Felipe IV. Como en España esas fiestas resultaban animadas y variadas, el virrey Conde de Alba de Liste, jugaba cañas; interviniendo caballeros rejoneadores; hubieron alcancías, fuegos, luminarias, pilas de vino, toros con artificio de fuego por la noche; lucha de moros y cristianos; lanzadas, volatín en una maroma; moharras, toro ensillado, máscara ridícula y figuras alusivas a diversos temas. En la última corrida con motivo del alumbramiento real, se echó un toro para los indios, montaron éstos en la plaza un castillo, al que rindieron tras un simulacro de lucha, y por último salieron dos indios a garrochar a los toros.

En años posteriores se verificaron corridas de toros: el 15 de


noviembre de 1667, con ocasión de la llegada del Virrey Conde de Lemos, al puerto del Callao, celebrándose una corrida en esta ciudad porteña el 24 de julio de 1668. Después otra en Lima por el nacimiento de un hijo de éste Virrey en la que se corrieron toros ensogados. El mismo virrey Conde de Lemos escribió la relación a las fiestas celebradas en la llamada Ciudad de los Reyes, que con ocasión de haber sido beatificada Rosa de Lima, ésta fue una de las siete corridas de toros que se dieron por aquellos años.

No todos los virreyes fueron amantes de las corridas. Tal fue el caso del Conde de Chinchón que en determinado momento trató de impedir la celebración de las corridas de toros, lo que dio lugar a que durante el virreinato del Marqués de Mancera, Su Majestad el Rey Felipe IV dictara una Real Cédula a favor de la celebración de las corridas de toros.

Por varios años las fiestas de toros se verificaron en la Plaza Mayor de Lima, cerrándose con talanqueras, tablados y barreras, en todo el contorno interior de dicha plaza, con lo que quedaban tapadas las ocho calles que de ella partían. Durante el gobierno del cuarto Virrey (1561-1564), don Diego López de Zúñiga, Conde de Nieva, se construyeron los arcos de esta plaza y se determinó que fueran anualmente cuatro las principales fiestas de toros, autorizando un gasto en colación de ciento cincuenta pesos para cada una de ellas. Habían de darse las corridas en: Pascua de Reyes, San Juan, Apóstol Santiago y Nuestra Señora de la Ascensión. Además, solían celebrarse corridas a la llegada de nuevo virrey, juramentación u conmemoración de monarcas, canonizaciones y con otros pretextos. Para las corridas de menos importancia o menos suntuosas, se habilitaban plazas o plazuelas que no eran la Mayor (o llamada la de Armas), entre las que figuraban: plazoleta de Santa Ana, plaza de la Inquisición, plazoleta del Cercado, plazuela de Cocharcas, plazoleta de Santo Domingo, etc.


Las fiestas de toros no entusiasmaban solamente en el Perú a los españoles, si no que al parecer, también los esclavos negros e indios dominados, gustaban de esta corridas, inicialmente como pasivos espectadores, y luego también como activos toreadores. En un concilio provincial, los prelados pidieron “que no se corran toros entre indios, ni por semejante ocasión les hagan poner las talanqueras sin pagarles, y haciéndoles perder la misa en día de fiesta ...”, según se describe en uno de los libros del cabildo de esa época que se guarda celosamente en la biblioteca de la Municipalidad de Lima.

En todo el siglo XVII son numerosísimas las fiestas de toros, pues la pasión no había disminuido, abundando mucho más los datos históricos. Fue en 1602 los dominicos organizan en la plazoleta de Santo Domingo una suntuosa corrida como término de los festejos con motivo de la canonización de San Raimundo de Peñafort. En ella tomaron parte muchos caballeros de la aristocracia limeña. El 8 de enero de 1670 hubo corrida de toros y cañas en Lima. El 27 del mismo mes cuatro caballeros clavaron rejones: don Luis de Sandoval dio un rejonazo, sacando malherido el caballo; don Manuel de Andrade puso dos rejones, despedazando al toro; don Diego Manrique atravesó el cuello del toro con un rejón, y don Cristóbal de Llanos mató tres astados, por lo que fue vitoreados.

El 13 de febrero de 1672 se corren toros ensogados; el 11 y 13 de agosto de 1674 se celebraron corridas en el puerto del Callao a la llegada del Virrey don Baltasar de la Cueva; el 6 de noviembre del mismo año, en celebración del cumpleaños de Carlos II, se organiza una corrida de toros en la Plaza Mayor de Lima. En 1682 el Virrey Duque de la Palata prohíbe “llevar toros a las cercas y plazuelas de los conventos de religiosas para correrlos”. El día 8 de diciembre de 1963 don Melchor Portocarrero, Conde de la Monclova y vigésimo tercer virrey del Perú, organiza una gran corrida en la Plaza Mayor de Lima para celebrar la reedificación del Cabildo, del Palacio y de los Portales de dicha Plaza Mayor, destruidos por el terremoto de 1687.

Ya con la llega del nuevo siglo la fiesta de toros en el Perú comenzó a tener un aspecto más formal, evolucionando hacia el predominio del torero de a pie, pues actuaron con mayor regularidad toreros profesionales, se dio comienzo a la edición de listines de los toros que saldrán en cada corrida, y los capeadores de a caballo, un modo de torear peculiar de éste lado del Reino de España, trabajaron en casi todas las funciones, sin olvidar a los rejoneadores profesionales que también figuran.

En octubre de 1701 se verificaron en Lima fastuosas fiestas de toros para celebrar la proclamación de Felipe V, en la primera de ellas aparece el primer listín o lista de los toros, antecedente del cartel, en el que se consignan los nombres de los astados, las pintas de éstos y las ganaderías de las cuales procedían, como ejemplo: “El Gallardete, overo, de Huando; El Invencible, retinto, de Bujama; y otros...”. Por el nacimiento del Príncipe de Asturias Luis Felipe, después Luis I, hubo en Lima Fiestas Reales con corridas de toros. Con motivo de sus bodas también se celebraron varias corridas: “la primera el 12 de abril, la segunda el 13, la tercera el 17 de abril, la cuarta el 19 de abril, la quinta el 21 de abril, de igual mes del año de gracia de 1723”. Y aún cuando en la relación titulada “Júbilos de Lima”, de Peralta y Barnuevo, las crónicas de ese entonces no aclaran demasiado, pareciera ser que hubieron más corridas de toros de esas cinco a las que se ha aludido. Y al año siguiente, también se corrieron toros por haber jurado don Luis como heredero de la Corona de España. Por aquellos años se festejaron con corridas dos canonizaciones: la de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo el 10 de diciembre de 1726 y la de San Francisco Solano el 27 de diciembre de 1726.

El 29 de julio de 1737 se jugaron veintidós toros en el pueblo de Surco (actualmente distrito de Lima Metropolitana). Al concluir el primer tercio del siglo XVIII eran abundantes los toreros que ejercían en el Perú esta profesión, actuando principalmente en corridas ordinarias y hasta en los pueblos más pequeños, aún cuando en las listas de toros, donde ya figuraban por esa época las divisas de las ganaderías, no aparecen, sin embargo los nombres de aquellos lidiadores empiezan a parecer en los listines taurinos. En el año de 1756 se levantó en Lima la primera plaza de toros, pero su construcción fue de madera, los productos de las corridas en ella verificadas estaban destinados a la reconstrucción del Hospital de San Lázaro destruido por el terremoto de 1746, plaza que había de ser también la primera en América hecha ex profesamente.

En la Plaza Mayor de Lima, y en 1760, se celebra una real fiesta de toros para festejar la elevación al trono de Carlos III. Dos años después en igual escenario, se organizan cuatro corridas como agasajo al nuevo Virrey don Manuel de Amat y Juniet quien fuera amante de la famosa Micaela Villegas “Miquita” ó más conocida como “La Perricholi”, de quien del virrey se enamoró perdidamente.

Durante el mandato de este virrey se construyó la plaza firme de Lima, estrenada aún sin concluir el 30 de enero de 1766. No por ello dejaron de jugarse toros en la Plaza Mayor, especialmente cuando se trataba de fiestas reales, y en diversas plazuelas, hasta en el teatro. Los limeños se sentaban en la plaza a las diez de la mañana para presenciar el encierro y no se levantaban hasta verlos lidiados, por la tarde, los veinte toros de que solía constar las corridas de aquella época, como en Sevilla, Valencia, Madrid o en cualquier ciudad española. En la temporada de 1780 ya figuraban en la Plaza de Toros de Lima o “Plaza de Acho” los nombres de los lidiadores siguientes:

Matadores: Manuel Romero, El Jerezano, y Antonio López, de Medina Sidonia.

Picadores y Rejoneadores: José Padilla, Faustino Estacio, José Ramón y Prudencio Rosales.

Capeadores de a caballo: José Lagos, Toribio Mújica, Alejo Pacheco y Bernardino Landaburu.

Tres suertes al menos eran privativas del toreo peruano del siglo XVIII, éstas eran: la suerte del puñal, la monta de toros al pelo y/o ensillados; y el capeo desde el caballo.

Por la exaltación al trono de Carlos IV se celebraron corridas de toros en la Plaza Mayor de Lima, como capital del Virreinato del Perú, y durante el año de 1790, varias corridas reales. En ellas intervinieron rejoneadores profesionales, capeadores, doce toreros de a pie (cuyos nombres no se consignan en el listín), dos desjarretadores. Las últimas corridas del siglo XVIII fueron: cinco fiestas reales en 1791 para agasajar al Virrey Fray Francisco Gil de Taboada, en la Plaza Mayor de Lima, con rejoneadores, capeadores y doce toreadores divididos en dos cuadrillas: una de las cuadrillas fue la de Miguel Utrilla y la otra la del peruano José Pizi. Las temporadas de 1792 a 1795 se desarrollaron normalmente en la Plaza de Acho. Al siguiente año de 1796 hubo cinco corridas reales en la Plaza Mayor de Lima para recibir al nuevo Virrey Marqués de Osorno, en las que intervinieron capeadores de a caballo, rejoneadores y matadores, banderilleros y picadores europeos, y doce toreadores del país, cuyos nombres no figuran en el cartel.

Tres corridas extraordinarias más fueron las que presenciaron los limeños en su Plaza Mayor (o también llamada Plaza de Armas) el año de 1797, organizadas para reunir recursos con que terminar las torres de la catedral. Ese mismo año la temporada continuó normalmente en la Plaza de Acho, donde desde algunos años atrás se acostumbraba echar un toro para ser lidiado por aficionados bisoños, algunos de los cuales se harían toreros profesionales.

El siglo XIX comenzó en la Plaza de Acho con la consabida temporada de diciembre a enero (1800 - 1801). Figuraron como toreros cuatro capeadores de a caballo, dos rejoneadores, dos banderilleros europeos, tres matadores con espada, cinco matadores con puñal y banderilleros, dos capeadores de a pie y dos desjarretadores, innominados. Siguen figurando en los programas la lanzada, parlampanes (individuos mojigangeros), perros; además el nombre, procedencia, pinta y divisa de los toros, más un astado para muchachos noveles. Las sucesivas temporadas en la Plaza de Acho se desarrollaron normalmente a lo largo de diciembre de 1806 y organizadas por el ayuntamiento limeño, efectuándose cinco corridas de toros en la Plaza Mayor de Lima para festejar el recibimiento del Virrey don José Fernando de Abascal. Cuatro corridas más, todas ellas extraordinarias, se verificaron en enero de 1807, y dos corridas extraordinarias también, los días 3 y 9 de febrero siendo estas las últimas que se efectuarían en la Plaza Mayor de Lima. En adelante se celebraron únicamente en la plaza firme de Lima (Plaza de Acho), por cierto con muy buenos rendimientos para sufragar a las necesidades económicas que las luchas por la emancipación exigían.

Proclamada la Independencia del Perú el 28 de julio de 1821 continuaron las corridas, aunque con toreros del país y algunos toreros mexicanos, haciéndose una sola excepción con el diestro gaditano Vicente Tirado, que durante el virreinato ya contaba con muchas simpatías, y que siguió actuando hasta 1836 en que fallece. Con la Independencia del Perú no quedó torero español alguno en el país, excepto Vicente Tirado. Como consecuencia de tal acontecimiento, las suertes de pica y banderillas desaparecieron temporalmente, quedando para quebrantar a los toros el capeo a caballo, tradicional modo del toreo nacional, ejecutándose la llamada “Suerte Nacional”.

El 7 de enero de 1849 se presentó en Lima la primera cuadrilla de toreros españoles. Con esta cuadrilla resucitó en el Perú las suertes de pica y banderillas. Y a partir de ese año ya se hace más frecuente la visita de toreros hispanos. El primer matador de cierto relieve que pisa el albero de la Plaza de Toros de Acho es Gaspar Díaz “Lavi”, diestro español. Se presentó el 16 de noviembre de 1851. Y en 1856 se estrenó en Lima José Lara “Chicorro” quien actúo hasta el año de 1885. Como matador efectúo su presentación en Lima en 1859, el nacional Ángel Valdez “El Maestro”. Este valeroso diestro ejercía la profesión con el aplauso y la admiración de todos hasta el 19 de septiembre de 1909.

En 1869 se presentaron en Lima los diestros españoles Vicente García “Villaverde” y Francisco Sánchez “Frascuelo”; en 1870, Manuel Hermosilla y Francisco Díaz “Paco de Oro”. Ese mismo año se hizo empresario de la Plaza de Acho el acaudalado limeño don Manuel Miranda. Llevando a cabo en ella una profunda reforma. Mientras las obras se efectuaban, viajó a España para contratar toreros y adquirir toros. En efecto compró seis toros y doce vacas de Veragua, seis astados de Miura, seis de Colmenar, doce de Mazpule y seis de Navarra. Como tenía el propósito de fundar una ganadería brava, adquiere la finca de Cieneguilla, en el valle de Pachacámac. Traslada a ella un semental y más de cien vacas compradas a la acreditada ganadería del país “Rinconada de Mala” y otras hembras de diferentes ganaderos peruanos. Este ganado desapareció años después en la guerra sostenida entre Perú y Chile.


En el transcurso del siglo XIX las corridas sufrían una seria transformación hasta ejecutarse totalmente como en España, pues desaparecen los “capeadores de a caballo”, imponiéndose los picadores. Decir que casi todos los toreros españoles han toreado en Lima parece una exageración; sin embargo, no lo es. Desde 1871 han toreado en la Plaza de Acho entre otros famoso: Julián Casas “El Salamanquino”, Gonzalo Mora, Cúchares de Córdoba, Gerardo Caballero, Ángel Fernández “Valdemoro”, José Ponce, Ángel Pastor, Cacheta, Rebujina, José Machío, Cayetano Leal “Pepe-Hillo”; en 1891 torearon “Cuatro Dedos”, que gusta muchísimo por la maestría con que ejecuta las suertes. Al año siguiente regresó “Cuatro Dedos” al Perú llevando consigo cuatro sementales de Miura, dos de los cuales consiguió vender a los ganaderos don Vasco Fernández y a don Federico Calmet. Hasta la conclusión del siglo pisan todavía el ruedo de la Plaza de Acho algunos banderilleros y espadas españoles. Entre estos últimos: Manuel Nieto “Gorete”, José Villegas “Potoco”, José Pascual “Valenciano”, Juan Antonio Cervera, Francisco González “Faíco” y Antonio Escobar “El Boto”.

Acho antiguo, Lima colonial
En 1901 se presentaron en Lima los diestros Francisco Bonal “Bonarillo” y “Capita”, ese mismo año llega nuevamente de España el picador “Faíco” con cuatro sementales españoles, que adquieren ganaderos peruanos. El 22 de febrero de 1902 torea Ángel Valdez “El Maestro” su penúltima corrida, pues por enfermedad no vuelve a lidiar hasta 1909, en que se retira. En la cuadrilla de Manuel Molina “Algabeño Chico” hizo su presentación en Lima un 13 de abril de 1902 el famoso piquero madrileño Manuel Martínez “Agujetas”, a quien se debe definitivamente la implantación en el Perú de la suerte de varas. Más presentaciones como las de Antonio Olmedo “Valentín” y Ángel García “Padilla”. En el año de 1903 se presentó Juan Sal “Saleri”, en 1904 “Guerrerito”, en 1905 Vicente Pastor, en 1906 “Lagartijillo”, José Machío Trigo, “Lagartijillo Chico”, en 1907 “Cocherito de Bilbao”, y en 1909 “Platerito”. Es necesario destacar que el domingo 19 de septiembre de 1909 se despidió en Lima, el matador peruano Ángel Valdez “El Maestro” matando de una magnífica estocada un toro de seis años que no había sido picado. Contaba a la sazón setenta años de edad, no andaba muy bien de salud y cumplía cincuenta años como lidiador. Falleció el 24 de diciembre de 1911.

Los diestros que por sus actuaciones destacaron en los años siguientes fueron: Agustín García “Malla”, Rodolfo Gaona, José Ignacio Sánchez, José Gárate “Limeño”, José Gómez Ortega “Gallito” o “Joselito” y Juan Belmonte. En 1918 se jugaron por primera vez toros del cruce español de Veragua con vacas de “El Olivar”, de propiedad de don Manuel Celso Vásquez. En la temporada de 1919 –1920 toreó el diestro José Gómez Ortega “Joselito” ó “Gallito” en varias tardes. También actúo en Acho “Chicuelo” en la temporada de 1921 – 1922. Sin embargo fue Rafael Gómez “El Gallo” quien obtuvo grandeséxitos de clamor. Marcial Lalanda (1927 – 1928) demostró cuanto valía; Antonio Cañero quedó muy bien a caballo y a pie (1929 – 1930); el venezolano Julio Mendoza toreó entre grandes aplausos en el año de 1934, el rondeño El Niño de la Palma también gustó allá por la temporada de 1934 – 1935.

En el año de 1944 un grupo de aficionados limeños entre los que destacan Fernando Graña Elizalde, Alejandro Graña Garland, José Antonio Roca Rey deciden tomar en arriendo la Plaza de Acho a través de la Sociedad Explotadora de Acho por 20 años, con la condición puntual de remodelar la Plaza de Toros de Lima (Plaza de Acho) aumentando su capacidad de seis mil setecientos a trece mil trescientos. Se hicieron excavaciones para ahondar el ruedo y elevar la plaza con la finalidad de dotarla de mayor capacidad. Fue en el año de 1946 que gracias a la campaña periodística del crítico taurino del diario “El Comercio” de nombre Fausto Gastañeta “Que se vaya” y también la gestión continuada de su sucesor, el también crítico taurino Manuel Solari Swayne “Zeñó Manué”, se crea la importante Feria del Señor de los Milagros, que hasta la fecha existe, y que desde entonces han pasado por Lima, las principales figuras de la coletería mundial, así como también las más prestigiosas ganaderías del planeta taurino. Dando por descontado el éxito de los torero peruanos y del ganado nacional.

Fuente; Dikey Fernandez

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