La fiesta taurina no tuvo tanto éxito como en México o el Perú; recién el 11 de noviembre de 1609 se realizó la primera corrida de toros en Buenos Aires. Las corridas de toros porteñas se hacían en la Plaza Mayor, hoy Plaza de Mayo. En 1790, el carpintero Raimundo Mariño propuso al virrey construir una plaza de toros permanente en el hueco de Monserrat, para evitar el gasto de armar y desarmar el tinglado cada vez que había función.
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LA PLAZA DE TOROS DE MONTSERRAT: EL BREVE Y OLVIDADO COSO TAURINO DEL BUENOS AIRES COLONIAL
Por; Antonio Román Romero
26 de agosto de 1793. Esta fecha ha quedado vinculada a la inauguración oficial de la plaza de toros de Montserrat, en Buenos Aires, aunque la documentación histórica permite afirmar que el recinto ya se encontraba en funcionamiento desde febrero de 1791. Una precisión importante que no resta interés a la efeméride, sino que nos permite conocer mejor la historia de la que fue la primera plaza de toros permanente de la capital del Virreinato del Río de la Plata.
Hasta entonces, las corridas se celebraban en la Plaza Mayor, la actual Plaza de Mayo. Para cada festejo era necesario levantar andamios y estructuras provisionales que, una vez terminada la función, debían desmontarse. En 1790, el maestro carpintero Raimundo Mariño propuso construir un recinto estable destinado exclusivamente a las corridas de toros.
El lugar elegido fue el llamado Hueco de Montserrat, en la manzana comprendida aproximadamente entre las actuales calles Belgrano, Lima, Moreno y Bernardo de Irigoyen. Allí se levantó un coso de construcción principalmente de madera, con capacidad para unos 2.000 espectadores. Sus gradas, palcos y andamios acogían a un público diverso, mientras que las autoridades disponían de lugares privilegiados desde los que presenciar el espectáculo.
Pero aquella plaza no nació solamente para satisfacer la afición taurina. Tenía también una finalidad económica muy concreta: contribuir a financiar el empedrado de las calles de Buenos Aires. La ciudad crecía y sus caminos se convertían en lodazales durante las lluvias y en incómodas polvaredas durante la estación seca. Los ingresos obtenidos por las corridas debían ayudar a resolver uno de los grandes problemas urbanos de la época.
La plaza comenzó a funcionar en febrero de 1791 y casi inmediatamente surgieron los conflictos. El obispo trató de limitar la celebración de corridas en días festivos, lo que dio lugar a disputas entre las autoridades eclesiásticas y civiles. Finalmente, el virrey Nicolás Antonio de Arredondo autorizó las funciones en determinados días de precepto, entre ellos los domingos.
La actividad taurina atraía a una multitud y, como suele ocurrir allí donde se concentra el público, alrededor del coso surgieron vendedores, negocios y todo un ambiente popular. La calle oficialmente llamada Aroma, utilizada para la entrada de los toros, recibió entre los vecinos el expresivo nombre de «calle del Pecado».
Con el paso de los años, sin embargo, la presencia de la plaza comenzó a generar rechazo entre buena parte del vecindario. Se denunciaban problemas de tránsito, molestias, deterioro de la zona y la presencia de establecimientos y personajes de dudosa reputación atraídos por la actividad de los días de corrida. El recinto, además, resultaba pequeño y difícil de ampliar. Ya en 1796 algunos vecinos promovían su traslado.
Durante sus aproximadamente ocho años de existencia se celebraron 114 corridas, que produjeron importantes ingresos: unos 7.200 pesos destinados al empedrado de las calles y otros 5.700 para el contratista. Pero el conflicto con los vecinos, las disputas sobre su explotación y las limitaciones del propio recinto terminaron por condenarlo.
En 1799, por orden del virrey Gabriel de Avilés, comenzó la demolición de la plaza de Montserrat. El espectáculo taurino sería trasladado posteriormente a una nueva y mucho mayor plaza en el Retiro.
La plaza de Montserrat desapareció físicamente hace más de dos siglos y de ella apenas han quedado representaciones directas. Por eso, la imagen que acompaña este artículo es una reconstrucción visual basada en los datos históricos conocidos: un recinto modesto, predominantemente de madera, levantado en el Buenos Aires colonial, con sus gradas, palcos y el ambiente popular que debió rodear aquellas corridas.
Fue una plaza de vida breve, apenas ocho años, pero de enorme importancia histórica. Representó el paso de las corridas ocasionales celebradas en la Plaza Mayor a la creación de un recinto estable destinado al espectáculo taurino.
Un pequeño coso de madera perdido en el tiempo, del que hoy apenas queda el recuerdo, pero que ocupa un lugar fundamental en la historia de la tauromaquia en el Río de la Plata.
Para quien quiera profundizar en la investigación histórica, resulta especialmente recomendable el estudio académico de Bettina Sidy, La diversión de toros en Buenos Aires, basado en documentación de época y archivos históricos.
Texto e ilustración de Antonio Román Romero
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También hubo un auge taurino en Rosario, la primera corrida formal se registró el 2 de febrero de 1872 en la antigua Plaza de las Carretas.
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